Aquí, en Progreso, nadie sabe quién es el tal Heriberto Lazcano 640x480_382214

La gente ya no sale a la calle de este poblado desde que fue abatido por la Marina Heriberto Lazcano Lazcano El Lazca, líder de Los Zetas


JC Vargas/ Enviado

PROGRESO, Coah., 11 de octubre.— En este poblado, cuyo nombre contrasta con la realidad, suceden cosas extrañas. Primero, la noticia de que un narco pesado llega a donde nadie dice conocerlo sin gran número de escoltas a mirar un juego de beisbol entre el equipo local y el de Ciudad Parque. Después, un pitazo, persecución y muerte. En la funeraria, en Sabinas, a 80kilómetros de aquí, el muertito pierde 15 centímetros de estatura y, al final, desaparece.

Luego, una adolescente miró cosas distintas aquella tarde; su versión no cuadra con la oficial. Su historia habla de dos hombres golpeados, uno de ellos con los ojos vendados y cuyo final fue a quemarropa. El otro, según la jovencita, recibió una paliza y lo subieron a una camioneta aún con vida.

Tal y como el cadáver de El Lazca, ayer también desaparecieron los 740 habitantes de este pueblofantasma, del que la mayoría de sus hombres hace tiempo se fueron a buscar fortuna del otro lado (Texas), mientras sus mujeres e hijos sobreviven entre el hambre, los hombres de paso, drogas y alcohol.

Después de aquel partido de beis en un terreno árido, donde una pequeña tribuna hecha de madera y cuatro cojines lo convierten en el diamante dominical, todo ha desaparecido.

Tras la balacera del domingo, desaparecieron los cojines del campo, los aficionados y ambas novenas. Desaparecieron los casquillos, la sangre y se hicieron humo los más de 700 habitantes, entre ellos su alcalde, la policía local y el sacerdote de un templo con las puertas abiertas, al que ningún feligrés se asoma a pedir por la paz en estas tierras tan abandonadas.

Alguna mujer se asoma por la calle principal con un bebé en carreola; un anciano sentado en la banqueta que no abre la boca o un ciclista, con gorra para el sol y piel morena a fuerzas, que sigue pedaleando hacia donde no se mira nadie.

Al igual que la Iglesia, la presidencia municipal luce vacía, pero con puertas abiertas. Frente a ella, un anciano barre el zócalo desierto y apenas separa los labios para avisar que va en busca del que gobierna por estos lares. No regresa.

En una esquina, cuatro hombres mayores a los 30 años miran con recelo al reportero. Uno de ellos alcanza a balbucear “¡sabe!”, cuando se le pregunta por el sacerdote, los beisbolistas y, de paso, si conocía a Heriberto Lazcano. Levanta los hombros y voltea la mirada al compa de al lado. Intercambian miradas, pero repiten que no saben nada de nada.

Una mujer se atreve. Apenas 16 años de edad, cumplidos justo el domingo, cuando tuvo que tirarse al piso con sus ropas nuevas y alcanzar a mirar, de un modo distinto, lo que ocurrió en el terreno al que le llaman parque de beisbol.

“Primero escuché dos disparos y luego un sonido como explosión. Nos tiramos al suelo, pero alcancé a ver que los marinos agarraron a dos hombres y los comenzaron a golpear. A uno de ellos, de camisa blanca, le taparon los ojos con un trapo y en el suelo le dispararon.

“Al otro lo golpearon, pero lo subieron vivo a una camioneta. Nos quedamos tirados un buen rato y cuando pudimos nos echamos a correr a nuestras casas.”

¿Los hombres? En Texas

Es Abel Garza de León, un joven médico que desde hace tres meses se hace cargo de las curaciones menores, en un poblado donde “hay alto índice de alcohol y droga en sus jóvenes”. Explica que el domingo descansó y, por lo tanto, no sabe de lo ocurrido; aunque argumenta que “por acá no se había escuchado nada de ese señor”.

Adelanta que de aquel censo de cuatro mil 500 habitantes hecho en 2010, nomás quedan unos 740, y que la mayoría son mujeres adultas y jóvenes en edad escolar. “Los hombres hace rato que se fueron a Texas. Se van en busca de dólares y sólo regresan en diciembre, para las fiestas de fin de año. Vienen en sus camionetotas y se van pronto.”

También advierte que son pocas las personas que salen de su casa en estos días, después de que los elementos de la Marina atraparan a Heriberto Lazcano y se suscitara la balacera.

Seguro que se esconden tras las viejas paredes de las casas que aún se habitan. Muchas son mero cascajo, con puertas y ventanas a manera de set para alguna película vaquera.

Mirada desde el montículo

Mario Alberto es un chico de secundaria que se anima a platicar lo que miró aquel día.

“Iba con mi papá rumbo al partido de beisbol, a mirar jugar a Ciudad del Parque contra Progreso. ¿Si se cobra la entrada?, no. Son partidos de gente del pueblo, aunque no sé a dónde se fueron.”

El jovencito de 14 años sólo recuerda un par de detonaciones y luego un fuerte estallido.

“Ya no llegamos al partido, nos regresamos a casa y el lunes nos quedamos encerrados. ¿Si conocía a El Lazca?, no, no sé quien es ése.”

Si uno se para en el montículo de aquel campo lleno de tierra, entenderá que entre home y primera base se podía mirar la camioneta blanca estacionada, donde supuestamente El Verdugo y su escolta, Mario Alberto Rodríguez, estaban estacionados. A menos de cien metros, atrás de las tribunas, se alcanza a mirar el arco que da la bienvenida a todo visitante, y que dice: “1997 Progreso, Coah. 1999”.

Nadie se asoma por estos rumbos, ni los pobladores ni la policía ni el presidente municipal o el párroco. Tampoco los hombres de las comunidades vecinas que el domingo cambian sus ropas de campo para ponerse la franela de su novena favorita.

Sólo al final, cuando el sol quema y uno se cansa de mirar hacia todos lados, se ve a lo lejos un convoy de cinco camionetas. Vienen cargados de marinos, cubierto el rostro y atenta la mirada. Los pechos protegidos por chalecos especiales y cargan rifles de alto poder. Uno de ellos se detiene ante el reportero, de inmediato pide que se identifique y da parte a un superior por medio de la radio. Tras la revisión, el convoy se aleja rumbo al zócalo de Progreso, para darle un par de vueltas de rutina y salir del poblado lo antes posible.

Cuando el sol se oculta, el lugar se queda completamente vacío. Como aquel día, es territorio de nadie.

Camino lleno de uniformados

Marinos fuertemente armados, rostros ocultos, perros nerviosos que se acercan a los autos, mismos que bajan la velocidad apenas les hacen la señal de que disminuyan el paso. Son los operativos de seguridad que, desde hace 15 días, instaló la Marina en la carretera que va de Saltillo a Monclova.

Dice un uniformado, en el primer dispositivo (a media hora de Saltillo) que vienen de Lázaro Cárdenas, Michoacán, que son del Batallón BIN 20, que se quedarán hasta diciembre.

Muestra una metralleta M16 con tubo lanzagranadas y presume que es más potente que la R-15 que, presuntamente, traía El Lazca, el domingo que lo abatieron.

Un buen número de retenes hacen el camino lento, pero seguro. Incluso maquinaria pesada de escaneo para mirar a través de las láminas gruesas de las camionetas. Trampas para ponchar llantas, cordones y otros artefactos para detener sospechosos.

De Saltillo a Monclova son más de 200 kilómetros, los operativo funcionan las 24 horas. Rumbo a Sabinas hay una desviación a Progreso, poblado donde las autoridades aseguran que abatieron a Heriberto Lazcano Lazcano, líder de Los Zetas.

Dicha desviación se convierte en un camino de 24 kilómetros en solitario, sin seguridad. Al llegar a Progreso no se ven militares ni policía local que proteja a lugareños o visitantes. Por la tarde, sólo un recorrido de rutina de un convoy de la Marina.

2012-10-11 07:19:00